martes, 17 de abril de 2012

Muro de Berlin (Melanie Pose Vilariño)

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Desde el fracaso de la invasión anticastrista de Bahía de Cochinos, en la primavera de 1961, la tensión entre los dos bloques no había dejado de crecer. La madrugada del 13 de agosto, sólo cuatro meses más tarde, las fuerzas de seguridad de la República Democrática Alemana comenzaron a cortar con barreras y alambradas los accesos a Berlín Occidental. Fue una operación por sorpresa que en un primer momento se interpretó, desde Occidente, como una medida transitoria: algo similar al bloqueo temporal de 1948. Pero las precarias barreras que el primer día derribaron  algunos berlineses indignados pronto se convirtieron en un sólido muro de cemento que atravesaba la ciudad de norte a sur. Con los años, la construcción se completó con torres de vigilancia, reflectores, alambradas electrificadas y ametralladoras de disparo automático. La muralla generó su propia literatura como lugar de intercambio de espías y como desafío para cientos de personas que arriesgaron su vida para cruzarlo y escapar hacia el Oeste, utilizando a veces métodos ingeniosos y audaces para escapar hacia el Oeste. El Muro de Berlín se convirtió en el símbolo más consistente de la Guerra Fría, en el que la metáfora del telón de acero adquiriría consistencia física.
                                    La paz simulada. Una  historia de la Guerra Fría. 1941-1991
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